Arquitectura milagrosa: incertidumbre económica
Que si no tienes un edificio-marca, obra de un arquitecto de fama internacional, tu ciudad está condenada a la irrelevancia. Que si no concitas la atención de los medios y atraes turismo, tu ciudad no existe. Que así como nos merecemos el mejor ADSL en casa, nos merecemos la mejor de las arquitecturas. Según Arquitectura milagrosa (Anagrama), una recopilación de proyectos de arquitectos estrella en la España democrática, los políticos de turno han optado por gastarse millones de euros en grandes construcciones faraónicas por las razones anteriores. Todos queremos un Picasso en el salón de casa, un Louis Vuitton colgado del brazo, un Porsche en el parking y un Foster donde trabajar.
El problema que señala el autor de Arquitectura milagrosa, Llàtzer Moix, es que se han construido grandes obras arquitectónicas con el despilfarro de dinero público. Los políticos han abusado de su poder al contratar arquitectos caros, los arquitectos han aceptado proyectos inconsistentes pero monumentales que enaltecen sus propios egos, y los demás nos hemos quedado desorientados y sin rechistar. Con la cultura como estandarte, y Bilbao y su Guggenheim a la cabeza, políticos y dirigentes de Valencia, Santiago de Compostela, Barcelona, Zaragoza o Madrid (incluso Andorra) han acumulado edificios lujosos y encarecidos con la idea de cambiar la identidad de sus ciudades y crear un valor añadido, muchas veces, inconsistente.

Guggenheim de Bilbao, de Frank Gehry

Ciudad de las Ciencias y las Artes de Valencia, de Santiago Calatrava
En el libro, los políticos tienen poco que decir. Se han gastado el dinero y se han quedado a gusto. Los arquitectos, en cambio, han cambiado de discurso con la crisis. Hace 10 años se anteponía la libertad artística sobre cualquier otro argumento. Santiago Calatrava, creador y promotor de la Ciudad de las Ciencias y las Artes de Valencia, se considera un visionario y su propia estimación de artista le da el permiso de gastarse el dinero que haga falta para lograr su cometido. Otros arquitectos que aparecen en la obra de Moix, como Jean Nouvel o Peter Eisenman, defienden su trabajo creativo y la oportunidad que brindan estos proyectos para innovar y generar nuevos paradigmas arquitectónicos.
Y en toda España se han ido acumulando grandes obras arquitectónicas sin contenido. En algunos casos, se han gastado todo el dinero en construir el edificio y se han quedado sin fondos para llenar el interior y para su mantenimiento. El más representativo de todos, que no está incluido en el libro por su fecha de publicación, es el caso del Centro Niemeyer en Avilés (obra del arquitecto brasileño): a un año de su apertura, cerró las puertas en octubre de 2011 por falta de presupuesto. En Barcelona, que es la ciudad que nos ocupa en este blog, Moix habla de «lecciones desaprendidas». Después del éxito de las obras para los Juegos Olímpicos de 1992, las obras del Fórum y Diagonal Mar no han tenido la misma acogida por los críticos de siempre ni por los ciudadanos. «Lo que fue excepción ya casi es norma», sentencia el autor por la proliferación de arquitectos de fama internacional que firman edificios a lo largo de la avenida Diagonal: Herzog & De Meuron, Chipperfield, Perrault, Nouvel y Rogers, entre otros locales como Tusquets y Massip. De los tres casos estudiados en Barcelona, dos de ellos se han construido con dineros privados y parece que duele menos a la vista y a la conciencia.

Edificio Fórum de Barcelona, de Herzog & De Meuron
La idea de responsabilidad social es inexistente en muchos, o casi todos, los arquitectos españoles mayores de 35 años: mientras el cliente pague, el cliente tiene la razón. Si el cliente quiere que destroce un parque natural para construir una ciudad de miles de metros cuadrados, el arquitecto lo hace. Sin preguntas ni recatos. Ahora, en medio de una crisis financiera y económica que ha parado de golpe la aparición de estas arquitecturas pretenciosas, los arquitectos estrella parecen ser más prudentes. Una sentencia significativa de Richard Rogers la recoge Moix en el epílogo de su libro: «Me gustaría creer que la crisis también afectará a la codicia que está en su origen [el de la arquitectura icónica]. Veo en ella la posibilidad para evolucionar hacia una sociedad más libre en la que el mercado no dicte las reglas y progrese la conciencia social.»
En esa carrera de las ciudades por tener entre sus límites a lo mejor de la arquitectura mundial, la abundancia ha conducido al absurdo. Puntualiza Llàtzer Moix: «Un buen edificio será siempre un buen edificio. Sin embargo, ¿qué distinción supondrá para una ciudad el blasón del arquitecto estrella cuando ya todas las de su entorno puedan exhibir uno de rango similar?» Con esta frase en mente, y después de haber devorado las 257 páginas del libro, ¿de qué sirve este reportaje de Moix? De recopilatorio de buenas y malas excusas, de denuncia de incompetencias, de acercamiento a la realidad, de provocación cívica, de libro de cuentas. El autor nos lleva de excursión por España y al acabar, exhaustos, no sabemos hacia dónde mirar. En la España del boom inmobiliario, unos pocos elegidos se gastaron el dinero público; mientras tanto, una masa informe de arquitectos llenó costas y montañas de construcciones infames. Me quedo con una parte del último párrafo de Llàtzer Moix: «Urge, en definitiva, devolver sensatez a la arquitectura.»













Facebook
RSS
Twitter

Deja tu comentario, haz un trackback o suscríbete a estos comentarios vía RSS.