El Bloc » INVITADOS

Llinàs y el Premio Europeo del Espacio Público

1 Ago 2012 Ana María

“Mi manera de trabajar parte de una relación de cariño con la ciudad. Barcelona tiene cosas muy buenas, como el tejido del Ensanche o la vida en la calle. Y otras que no son tan buenas, como la arquitectura media que se hace en la ciudad. La mediocridad de esa arquitectura chirría cuando caminas por la calle y hace más daño a la ciudad que las intervenciones mediáticas que tanto se critican. Coderch hablaba de una responsabilidad exigible a los arquitectos cuando trabajan en un lugar tan denso como Barcelona, pero la arquitectura media que se hace aquí la ha olvidado. Yo sería más crítico con los arquitectos perezosos que con las grandes construcciones mediáticas.

Josep Llinas-jurado public space

Estas son palabras de Josep Llinàs en una entrevista que le hizo Anatxu Zabalbeascoa para El País cuando, en el 2006, el arquitecto recibió el premio FAD por la biblioteca Jaume Fuster de la plaza de Lesseps. Este año, Llinàs fue presidente del jurado del Premio Europeo del Espacio Público Urbano, una iniciativa del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) que ha llegado a su séptima edición. Estoy convencida de que la crítica de la que hablaba Llinàs en el 2006 (el párrafo con el que comienza este artículo) se ve reflejada en los ganadores de este año: un premio ex aequo para la reordenación de las orillas del rio Ljubljanica en Liubliana y la restauración de las cimas del Turó de la Rovira en Barcelona.

reordenación río en Liubliana
Reordenación de las orillas del río Ljubljanica en Liubliana

restauración turó en Barcelona
Restauración de las cimas del Turó de la Rovira en Barcelona

Con más conjeturas que aprobaciones, El Bloc se sentó con Josep Llinàs para hablar sobre el premio y su experiencia en el jurado.

Desde el día de la ceremonia de entrega del premio le doy vueltas en la cabeza: ¿por qué justo ahora que estamos en crisis financiera, económica, política, cultural, arquitectónica y demás, uno de los ganadores es un proyecto austero y respetuoso con el medio? Cuando estábamos en la abundancia, el proyecto del Turó de la Rovira no hubiera llegado a ser finalista. En un momento como este, es normal que se dé el premio a este proyecto; es una pena que no se hubiera otorgado a un proyecto así cuando surfeábamos en la cresta de la ola.

Dices que el premio al Turó de la Rovira es coherente con el momento actual.

Sí, pero me llama la atención que ahora sea coherente. Parece que ahora es lo que toca.

Pero es precisamente por el cambio de circunstancias. Creo que lo expliqué con claridad en la entrega del premio al poner como ejemplo el proyecto del Metropol Parasol de Sevilla: hay un sentimiento más intuitivo que racional de inoportunidad, porque sería un proyecto que respondería a una situación que no es a la que estamos arrastrados a vivir cada día. En ese sentido, creo que sí que es oportuno ahora reconocer los valores de una Barcelona sobre otra, una Barcelona dels altres catalans, que es la que está en el Turó de la Rovira: hecha desde la autoconstrucción, desde la historia, desde los estratos.

Se trata de un proyecto más de limpieza que de construir algo nuevo.

Sí, la actitud es estupenda.

Metropol_Parasol
Metropol Parasol en Sevilla de J. Mayer y ARUP / Fotos: Hufton + Crow

Lo que creo es que durante el boom de hace unos años, el ganador hubiera sido un proyecto como el de Sevilla (que ya fue premiado en el 2005 con 25.000 dólares por la Holcim Foundation en sus premios a la construcción sostenible). Y puede que no se hubiera tenido en cuenta como premiable la acampada en la plaza del Sol de Madrid.

¿Tú crees?

¿Hace cinco años? Seguro que no. ¿Crees que sí?

Es que han cambiado mucho las cosas en cinco años. Es un tema que intenté explicar en la ceremonia de entrega: en este premio se intenta ser objetivo (al menos uno quiere serlo), que quiere decir ser imparcial, no oír a los propios gustos, huir de las propias tendencias, intentar encontrar valores objetivos. Este premio tiene elementos que son reflejo de la tensión actual y que hacen que sea muy difícil ser objetivo. En anteriores ediciones, tal vez podías no serlo más, porque no había esta sensación de espada a punto de caerte en medio de la cabeza, cada uno podía comportarse como un arquitecto neutral, un arquitecto-arquitecto; y creo que ahora eres arquitecto-ciudadano, no puedes evitar esa percepción porque está llegando esa crisis a tu propio núcleo de trabajo. El proyecto del Turó de la Rovira, ahora lo puedo decir, fue una lucha mía; los demás miembros del jurado no le daban ningún valor y yo me empeñé en citarles que se trataba de esa Barcelona alternativa y que era significativo reconocerle su valor.

Es así, creo que es muy revelador que le hayan dado el premio a este proyecto, lleva tu sello. Cuando te dieron el premio FAD en el 2006, decías en una entrevista con El País que admirabas a personajes como Gehry por arriesgados, que se lanzan al todo o nada y se enfrentan a que el fracaso pueda ser enorme; de aquí se podría adivinar que eres cauto, que vas poco a poco, sin arriesgar el todo o nada. En ese sentido, creo que los dos premios (la renovación del río en Liubliana y la restauración del Turó de la Rovira) son de ese mismo estilo.

¿Conservadores?

No sé si no arriesgar al todo o nada signifique ser conservador. Se trata más de hacer poco a poco, de no molestar a los vecinos, de desarrollar un proyecto que no pasa desapercibido pero que no es un gran icono: como algunos proyectos tuyos en Barcelona como el edificio del IMO o la Biblioteca Jaume Fuster. Se trata de edificios que se notan en el entorno, que tienen un juego de planos que es arriesgado pero en los que los materiales tradicionales suavizan ese riesgo…

Pero creo que es distinto cuando se trata de tu propia obra, que te comportas de una manera, que cuando haces parte de un jurado. Claro que tiene que ver tu obra, pero creo que no aplico los mismos criterios.

imo_bcn
IMO – Instituto de Microcirugía Ocular / Foto: IMO

Biblioteca Jaume Fuster
Biblioteca Jaume Fuster / Foto: WikiArquitectura

Bueno, por un lado es imposible que dejes de ser tú.

Sí, por una parte. Pero por otra parte, que yo sea prudente es algo que forma parte de la relación que yo sé que tengo con los instrumentos de trabajo, que sé que estoy cómodo con unas cosas y no con otras, es una relación que más o menos voy reconociendo con el paso del tiempo. Ahora, en el premio no tenía apriorismos. Este premio es un caso muy especial; en el jurado de concursos siempre estás hablando de lo mismo con diferentes arquitecturas, y aquí se trata de un abanico inclasificable de elementos. Lo primero que me propongo siempre, que cuesta mucho, es entender las cosas, que no lo hace todo el mundo en los jurados: esto me pasó con el proyecto del Turó de la Rovira, porque lo conocía y estuve mucho tiempo leyendo y analizando.

Si el proyecto hubiera estado en otra ciudad…

No hubiera llegado a ser finalista. Por eso está bien que haya gente de otros países. Pero yo hago un esfuerzo, del que estoy orgulloso, de mirar todos los proyectos; estuvimos mirando 370 y no tuvimos muchos días, pero creo que todos los conocía por esa búsqueda de objetividad. Luego, a medida que fuimos avanzando, me di cuenta de que era imposible ser objetivo. Hay muchos proyectos, que además tienen casi nada en común, que al final lo único que te lleva a escoger es que te guste más uno que otro, que tienes más empatía por una actitud que por la otra. Por eso puse los ejemplos, en la charla de la entrega del premio, de aquella pareja de espacios verdes: el primero, el de Georgia, es una cosa tan mínima, casi autoconstruida por los vecinos, de formar unas bancadas; y el otro, en Suecia, es un campo de fútbol ondulado, un poco en broma. Lo que pretendía explicar es que, en estas condiciones actuales y en este sitio en concreto, es imposible ser objetivo. Otros miembros del jurado consideraron premiable la plaza de Metropol en Sevilla, ¡qué diferencia de óptica! Me sorprendió muchísimo, cuando yo vi tan claro que estaba fuera de lugar. Eso es lo que pretendía transmitir en la charla de la ceremonia de entrega.

¿Crees que dentro de 15 o 20 años, que esperemos que tanto esta crisis financiera como la arquitectónica, se llegaría a premiar un proyecto como el del Turó de la Rovira? Mirando hacia adelante, sin mirar hacia atrás.

No es difícil plantear algo desde esa idea que casi roza el incumplimiento de la normativa: allí hay plataformas sin barandilla. Y eso tiene un mérito desde el punto de vista objetivo muy considerable, al ser capaces de decir: es que no podemos hacerlo tan civilizado. Si esto se hace dentro de 30 años todavía tendrá más mérito; igual se trata de una avanzadilla de la arquitectura de vanguardia, la que explora esos terrenos.

Es un proyecto que está en el borde.

En el borde de todo. No sé qué pasará dentro de 20 años pero la historia no se repite, no volverá a aparecer esta situación. No se puede pensar en el futuro, pero en estos momentos creo mucho en criterios que siempre he visto con simpatía, lo que está cerca, lo que está hecho con materiales no sofisticados tecnológicamente. Creo en eso y que cada vez será más evidente. El tiempo volverá a tener un valor más relativo: desaparecerán las clasificaciones de tiempo de trabajo, tiempo de descanso, tiempo de ocio; se volverán a mezclar y me parece positivo. Siempre he tenido como ejemplo incontestable al arquitecto Jujol, que en estos momentos está de una actualidad extrema, porque esto que estoy diciendo lo hacía él: no trabajaba con nada que superaba los 30 metros de distancia.

¿Era la primera vez que participabas en un jurado con un premio de este tipo: honorífico, que apunta a proyectos de cirugía urbana, que se premia tanto al arquitecto como a la administración pública que promueve su realización?

Sí, primera vez.

¿Qué tal ha sido la experiencia personal y profesionalmente?

Siempre está bien esto de ver tantas propuestas, te oxigenas y aprendes mucho. Es como en la escuela: los alumnos normalmente hacen lo que hacen los profesores, pero a veces hay alguno que hace algo diferente y eso es bonito. Me ha sorprendido, por ejemplo, que los otros miembros del jurado no fueran todos arquitectos sino alguno presidente de una asociación o casa de arquitectos de un país europeo, y que no son arquitectos en ejercicio de la profesión. Al final, lo que pasa es que le dan más importancia a la idea que gobierna el proyecto o la obra, que no al propio resultado. Me decían que siempre estaba hablando de lo mismo: para mí, el proyecto tenía que ser más corpóreo, poner carne, no hacer esqueleto solo. Decían que los arquitectos que trabajamos siempre estamos con lo mismo. Y hay gente que piensa que si no hay idea, sobre todo los centroeuropeos, no existe propuesta. Ha sido interesante esa confrontación. Había momentos que pensaba que era casi patológico, como en el caso de la renovación de un casco antiguo en el que el pavimento reproducía una pista deportiva: es una idea. Había parte del jurado que lo defendía con mucha seriedad por tratarse de una idea clara, pero era un disparate: conceptualmente está claro pero no tiene méritos. Me he dado cuenta, también, de algo muy curioso y es el apoyo a los proyectos del propio país. En absoluto existía esa voluntad pero en la práctica, en las votaciones, cada uno tendía a entenderse con los proyectos de su propio país más que con los de otro; y no por nacionalismo sino porque lo entiendes más. Es algo que vuelve a reforzar esa idea de que la objetividad es algo muy difícil de producir. Y reconocer que uno es subjetivo ya es un paso adelante.

También me llamó la atención la composición del jurado: tú eres el único arquitecto en ejercicio de arquitecto y no haces parte de ninguna institución.

Cuando votábamos, e intentamos que las votaciones fueran las mínimas porque con tantos proyectos era inevitable, casi siempre mis votaciones coincidían con los miembros del jurado que no eran arquitectos. Había una presidente de una institución de Finlandia, que es socióloga, con la que coincidía siempre en las propuestas. Creo que estoy más cerca de otra gente que de arquitectos, le tengo mucha manía al arquitecto como personaje social.

Entre más pluridisciplinar es más rico. Uno ve algo que otro no ve. Pero salirse del ambiente parece ser lo complicado.

Eso apareció también muy claro en la discusión de la plaza del Sol. Me costaba mucho de ver porque no hay actuación física, actuación material; ya la habíamos premiado al quedar como finalista: entre 370, 25 proyectos estaban en la recta final y ya estaba destacada la acampada en la plaza. Aunque se trata de premiar algo físico, puede haber una propuesta de un grupo de vecinos que decide darle uso a una parcela abandonada y puede llevarse el premio. Tiene esa componente que para los arquitectos a veces es difícil de entender porque no es tangible físicamente. En cambio en el jurado había gente súper radical en el sentido de decir que había que premiar la plaza del Sol y nos quedamos en ese callejón sin salida. Parte del jurado consideraba esencial mencionar esa propuesta; y yo mismo tuve dudas pero he ido viendo, con el tiempo, que fue una buena decisión.

Esa decisión ha sentado un precedente muy importante en la historia de este premio.

Pero este premio puede reconocer este tipo de intervenciones. Hubo mucha presión, de verdad, y diría que precisamente de los más intelectuales, entre comillas: los menos prácticos lo tuvieron muy claro. Había que decir que se trata de un hecho muy importante y que tiene que mencionarse. Con el paso del tiempo, creo que estuvo bien manifestar la simpatía del jurado por el movimiento.

Con tantos proyectos que se presentaron, ¿crees que es porque el premio empieza a tener un nombre a nivel continental o porque el espacio público es cada vez más prioritario en las agendas políticas de las ciudades?

Primero hay que decir que se trata de un premio bienal. Y creo que se han presentado muchas propuestas porque el CCCB ha hecho mucha difusión del premio para que llegue a todos los países. Y hay un tema básico que es voluntad de este premio: que no se presentan tan solo arquitectos sino también instituciones, municipios, ciudades, y también particulares. Vimos algunas propuestas verdaderamente enternecedoras: como un grupo de vecinos que ha cuidado un huerto y lo han presentado pensando que pueden obtener un premio. Es fantástico, significa que la gente está orgullosa de algo, sea lo que sea. Como la acampada en la plaza del Sol. Me gustó de este premio que no se distingue a un arquitecto; creo que es de un muy mal gusto que un arquitecto se presente para que le den un premio, da vergüenza, ¿no crees?

Así funcionan los premios FAD.

Todos son así y si no te presentas no te dan nada. Es algo que no me gusta, es como el pelota de la clase. Este premio tiene un carácter especial que hace que el arquitecto esté en un segundo plano; en los dos premios que hemos dado, el arquitecto está bastante en un segundo plano, y voluntariamente: lo inteligente en el Turó de la Rovira es que la arquitectura está muy escondida. Lo bonito de este premio es que no es la vanidad del arquitecto que busca el premio, o el pensar que si no tienes premio no tienes trabajo; se trata más de enseñar algo que ha hecho el mismo público que ha quedado bien, que ha sido gratificante y que merece ser explicado. Diría que, estando en un jurado, es la primera vez que noto esa consciencia: por encima de explicar lo bueno que eres, se explica que el resultado ha valido la pena en relación al trabajo que se ha hecho.

Estás reconociendo un resultado, no una idea o un concepto.

Creo que en las bases de este premio se pide que en las fotos haya personas y así se ilustra esa idea: no queremos solo marco físico sino que queremos ver cómo se usa. En todas las memorias, que no las hemos leído todas pero bastantes, debe explicarse cómo se usa el espacio. Todos dicen que se usa muy bien, naturalmente nadie dice que ha sido un fracaso porque de entrada no optarías al premio. Pero se subraya el uso como un valor; muchas veces, en arquitectura, cuando un edificio tiene éxito a nivel popular es mala señal, señal de que el edificio es malo.

No lo había visto así.

Sí, desde que estudiaba que lo veo así. Mis padres me decían: “hemos visto un edificio horroroso; ve a verlo que seguro que te gusta”. En arquitectura es siempre así. ¿No te ha pasado muchas veces?

Recuerdo que hace muchos años le dije a mi padre (que es ingeniero) que tenía que ver el Centro Pompidou porque le encantaría. Y para él ha sido el edificio más horrible que haya visto nunca.

¿Lo ves? Es otra visión, que es muy bonita también. Pero en el caso del premio y del espacio público, si el proyecto tiene éxito es bueno. Es como Napoleón que decía de la arquitectura: si la arquitectura es grande, es buena. Es una visión también muy bonita, que es la que dirían los políticos. Pues si el espacio público tiene éxito es bueno, y seguramente es verdad. Me gustó mucho que el premio al Turó de la Rovira reflejase esa Barcelona que se ha perdido, que no es la del Eixample, que no es la turística, que no es obligatorio ir, pero existe y tiene mucha potencia. Estoy muy contento por el premio.

No sé si se convertirá en un hito en la ciudad, que era algo que estaba en el acta del premio.

Es un mirador fantástico.

Pero aparte de los vecinos, no sé si los demás barceloneses sepan siquiera que existe.

He estado pocas veces y siempre hay turistas, digamos que cualificados, un poco frikis de aspecto.

Este dato es importante: tanto la acampada en la plaza del Sol como el proyecto del Turó de la Rovira no son usos o hitos conocidos.

Es verdad. Pero creo que el Turó de la Rovira tiene algo porque los demás miembros del jurado no lo conocían y se sumaron. Yo lo había propuesto, no tanto como primero, pero los demás lo fueron apoyando. Es decir, que algo tiene también a nivel conceptual porque fue una solución apoyada por gente de otras circunstancias económicas y políticas. Creo que fue una buena experiencia, aunque terminé muy cansado; además de que era todo en inglés y soy un cateto, me ha costado muchísimo.

Por lo que hemos hablado, al tratarse del espacio público, que muestra los resultados a largo plazo, sería interesante hacer un premio que distinga un proyecto que ya lleve 10 años en uso. De arquitectura había uno.

Sí, había uno de arquitectura.

A los 10 años, se puede ver si de verdad ha funcionado: si el primer concepto se ha llevado a cabo y qué ha pasado con los usuarios. Podríamos comentárselo al CCCB.

Estaría bien.

Imprime o comparte este post:
  • Print
  • Digg
  • del.icio.us
  • Facebook
  • Mixx
  • Google Bookmarks
  • BarraPunto
  • MySpace
  • Netvibes
  • Twitter

Deja tu comentario, haz un trackback o suscríbete a estos comentarios vía RSS.